Los hermanos son unas de las
personas más importantes que tenemos en nuestras vidas. Cuando somos padres por
segunda, tercera o más veces, nuestros hijos no solo se convierten en hermanos,
sino que su relación va mucho más allá. Es su primera interacción con el mundo
social, aquella en la que tienen que convivir con alguien nuevo, adaptarse a
él, entender sus necesidades y gustos, integrarlo como a uno más… y respetarle,
al fin y al cabo, tal y como es. De la relación que tienen entre ellos durante
la infancia y adolescencia dependen en gran medida sus presentes y sus futuras
relaciones sociales.
Es muy importante, pues,
saber qué hacer ante estos conflictos para ayudar a los niños a establecer una
buena relación entre sí, así como los padres trabajar por tener una relación
con sus hijos basada en el entendimiento, igualdad, calma y respeto, ya que es
del único modo que integrarán ese respeto entre ellos, mediante el ejemplo de
sus padres.
Algunos aspectos a tener en
cuenta para una eficiente gestión de los celos entre hermanos.
1. Entender
los celos como un proceso normal: es vox populi catalogar
los celos como algo negativo, pero en realidad estos no son malos, son
absolutamente normales. El primer hijo está acostumbrado a tener a sus padres
disponibles solo para él, y aprender a
compartir a las personas que más le quieren no es nada sencillo, al contrario,
es un acontecimiento difícil y que necesita gran comprensión por parte de los
padres. Los celos, por muy bien que hayamos preparado a nuestro hijo para la
llegada de su hermano, pueden aparecer (y si no surgen en el nacimiento, pueden
venir más adelante) y, además, en ocasiones, conllevan comportamientos
agresivos hacia su nuevo hermano e incluso hacia sus padres. También pueden
conllevar un aparente retroceso en su desarrollo (vuelve a hacerse pipí,
necesita ir en brazos de mamá, etc.). Comportamientos que debemos saber
integrar como normales y que debemos comprender siendo respetuosos con lo que
siente y con el cómo lo siente, aunque a veces esta situación llegue a ser
desbordante.
2. Aportar
atención individualizada: para ir creando en casa una atmósfera de
normalidad, en la que ya no solo tenemos un hijo o dos, sino que hay otro más,
es muy necesario pasar tiempo a solas con cada uno. Sé lo complicado que puede
llegar a ser esto con el ritmo de vida que llevamos, pero, intentándolo a
conciencia un poquito cada día, nuestros hijos y nosotros lo notaremos, y
mucho. Este tiempo, aunque sea únicamente de 5 minutos, debe ser para estar a
solas con cada hijo y sin exigencias, un momento de disfrute mutuo y juego
libre para comunicarnos y estrechar lazos.
3. Preparar
un sitio para cada uno: unido al punto anterior, cada uno de nuestros
hijos es único y especial y necesita su propio espacio. No importa si es una
habitación o un trocito de la misma, pero que sientan que dentro de su hogar
tienen su lugar.
4. Trabajar
las emociones adultas: estas circunstancias entre nuestros hijos nos
suelen poner muy nerviosos, no sabemos cómo afrontar estos cambios y hacemos
precisamente todo lo contrario a lo adecuado. Es importante mirarse a uno mismo
y reconocer lo que estamos sintiendo y por qué, así como respirar, reflexionar
y siempre guiar las situaciones con el sentido común y el respeto,
independientemente de lo que sientan nuestros hijos y los motivos que tengan.
5. Saber
actuar en los momentos difíciles: las peleas entre hermanos son
absolutamente naturales, están creciendo y aprendiendo a medida que avanzan juntos
por el camino de la vida. Primeramente, dejaremos que hablen, tomen decisiones,
se relacionen… después, nos acercaremos a ellos y dialogaremos tranquilamente
sobre lo que pasa, sin juicios ni etiquetas, escuchando atentamente todas las
versiones, ofreciendo apoyo a todos, ayudándolos a buscar soluciones sin
imponer la que a nosotros nos parezca correcta, dejando que ellos expresen lo
que sienten y lo que necesitan.
6. Parar
el comportamiento agresivo: siempre hay que poner límites ante un
comportamiento violento e impulsivo de un hijo hacia otro. La violencia y la
agresividad no se deben permitir en ningún caso. No obstante, no frenaremos
estas actuaciones utilizando como adultos más violencia (gritos, castigos,
regañinas, cachetes…), porque, si lo hacemos, la única moraleja que enseñaremos
es que, para relacionarse con sus hermanos y con cualquier persona, la violencia
es correcta y está permitida, además de propiciar en ellos la inseguridad, la
falta de autoestima y una gran tristeza. Ante la agresividad, paramos el acto
sin ser agresivos, y posteriormente escuchamos el motivo, intentamos
entenderlo, los guiamos hacia maneras coherentes y no violentas de comportarse,
dejamos que expresen sus emociones libremente y les animamos a resolver el
próximo conflicto de una forma positiva y eficaz.
https://elpais.com/elpais/2017/10/30/mamas_papas/1509358462_410805.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario