viernes, 3 de noviembre de 2017

Aprende a gestionar los celos entre hermanos en seis pasos

Los hermanos son unas de las personas más importantes que tenemos en nuestras vidas. Cuando somos padres por segunda, tercera o más veces, nuestros hijos no solo se convierten en hermanos, sino que su relación va mucho más allá. Es su primera interacción con el mundo social, aquella en la que tienen que convivir con alguien nuevo, adaptarse a él, entender sus necesidades y gustos, integrarlo como a uno más… y respetarle, al fin y al cabo, tal y como es. De la relación que tienen entre ellos durante la infancia y adolescencia dependen en gran medida sus presentes y sus futuras relaciones sociales.
 Es muy importante, pues, saber qué hacer ante estos conflictos para ayudar a los niños a establecer una buena relación entre sí, así como los padres trabajar por tener una relación con sus hijos basada en el entendimiento, igualdad, calma y respeto, ya que es del único modo que integrarán ese respeto entre ellos, mediante el ejemplo de sus padres.

Algunos aspectos a tener en cuenta para una eficiente gestión de los celos entre hermanos.

1.       Entender los celos como un proceso normal: es vox populi catalogar los celos como algo negativo, pero en realidad estos no son malos, son absolutamente normales. El primer hijo está acostumbrado a tener a sus padres disponibles solo para él,  y aprender a compartir a las personas que más le quieren no es nada sencillo, al contrario, es un acontecimiento difícil y que necesita gran comprensión por parte de los padres. Los celos, por muy bien que hayamos preparado a nuestro hijo para la llegada de su hermano, pueden aparecer (y si no surgen en el nacimiento, pueden venir más adelante) y, además, en ocasiones, conllevan comportamientos agresivos hacia su nuevo hermano e incluso hacia sus padres. También pueden conllevar un aparente retroceso en su desarrollo (vuelve a hacerse pipí, necesita ir en brazos de mamá, etc.). Comportamientos que debemos saber integrar como normales y que debemos comprender siendo respetuosos con lo que siente y con el cómo lo siente, aunque a veces esta situación llegue a ser desbordante.
2.       Aportar atención individualizada: para ir creando en casa una atmósfera de normalidad, en la que ya no solo tenemos un hijo o dos, sino que hay otro más, es muy necesario pasar tiempo a solas con cada uno. Sé lo complicado que puede llegar a ser esto con el ritmo de vida que llevamos, pero, intentándolo a conciencia un poquito cada día, nuestros hijos y nosotros lo notaremos, y mucho. Este tiempo, aunque sea únicamente de 5 minutos, debe ser para estar a solas con cada hijo y sin exigencias, un momento de disfrute mutuo y juego libre para comunicarnos y estrechar lazos.
3.       Preparar un sitio para cada uno: unido al punto anterior, cada uno de nuestros hijos es único y especial y necesita su propio espacio. No importa si es una habitación o un trocito de la misma, pero que sientan que dentro de su hogar tienen su lugar.
4.       Trabajar las emociones adultas: estas circunstancias entre nuestros hijos nos suelen poner muy nerviosos, no sabemos cómo afrontar estos cambios y hacemos precisamente todo lo contrario a lo adecuado. Es importante mirarse a uno mismo y reconocer lo que estamos sintiendo y por qué, así como respirar, reflexionar y siempre guiar las situaciones con el sentido común y el respeto, independientemente de lo que sientan nuestros hijos y los motivos que tengan.
5.       Saber actuar en los momentos difíciles: las peleas entre hermanos son absolutamente naturales, están creciendo y aprendiendo a medida que avanzan juntos por el camino de la vida. Primeramente, dejaremos que hablen, tomen decisiones, se relacionen… después, nos acercaremos a ellos y dialogaremos tranquilamente sobre lo que pasa, sin juicios ni etiquetas, escuchando atentamente todas las versiones, ofreciendo apoyo a todos, ayudándolos a buscar soluciones sin imponer la que a nosotros nos parezca correcta, dejando que ellos expresen lo que sienten y lo que necesitan.

6.       Parar el comportamiento agresivo: siempre hay que poner límites ante un comportamiento violento e impulsivo de un hijo hacia otro. La violencia y la agresividad no se deben permitir en ningún caso. No obstante, no frenaremos estas actuaciones utilizando como adultos más violencia (gritos, castigos, regañinas, cachetes…), porque, si lo hacemos, la única moraleja que enseñaremos es que, para relacionarse con sus hermanos y con cualquier persona, la violencia es correcta y está permitida, además de propiciar en ellos la inseguridad, la falta de autoestima y una gran tristeza. Ante la agresividad, paramos el acto sin ser agresivos, y posteriormente escuchamos el motivo, intentamos entenderlo, los guiamos hacia maneras coherentes y no violentas de comportarse, dejamos que expresen sus emociones libremente y les animamos a resolver el próximo conflicto de una forma positiva y eficaz.

https://elpais.com/elpais/2017/10/30/mamas_papas/1509358462_410805.html

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